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…y no buenas intenciones. Cuando el conductor sobrepasa sus límites, algunos sistemas de seguridad activa pueden intervenir para remediar lo que parecía irremediable.
Según una encuesta realizada el pasado año en la Comunidad de Madrid, ocho de cada diez entrevistados opinaban que la seguridad era el atributo más importante en el momento de comprar su vehículo. Uniendo a dicho propósito un buen conocimiento de las tecnologías más avanzadas en materia de seguridad y adoptando buenas actitudes y aptitudes al volante, la reducción de los accidentes puede dejar de ser una intención para convertirse en una realidad. Desgraciadamente, siempre existen situaciones que desbordan a las mejores intenciones. Una lluvia inoportuna, una curva mal señalada, un animal que sale corriendo o una simple distracción pueden aparecer en nuestro camino en el momento menos esperado. En tales circunstancias, cuando ya parece que todo está perdido, algunos eficaces sistemas de seguridad activa pueden llegar a actuar para evitar lo que de otro modo hubiera sido, con toda seguridad, un accidente. Siempre alerta Tomando como buenas las estadísticas de la DGT, más de un 20% de los accidentes producidos en carretera y más de un 15% de los acaecidos en ciudad se deben a una conducción distraída o desatenta. El conductor, como ser humano, siempre puede incurrir en errores, por eso los sistemas más avanzados de ayuda a la conducción toman tanta importancia en la prevención de los accidentes porque ellos –salvo fallo mecánico muy improbable- siempre están alerta. No basta con tener la intención de comprar un coche seguro, para hacerlo es absolutamente imprescindible saber qué es lo que debemos buscar y pedir de nuestro nuevo vehículo. En este particular camino de la seguridad a través del conocimiento trataremos en primer lugar el antibloqueo de frenos (ABS) y el control de estabilidad (de aquí en adelante o denominaremos ESP aunque tiene varias denominaciones dependiendo de cada frabricante), dos sistemas que ya han salvado muchas vidas y que merece la pena conocer a fondo. Por cierto, ninguno de ellos puede montarse posteriormente a la compra, por lo que si queremos provechar la mejora de seguridad que nos ofrecen deberemos optar por ellos en el momento de la adquisición del vehículo. Afortunadamente, el ABS es equipamiento obligatorio en todos los coches nuevos, mientras que el ESP puede ser un equipamiento de serie, opcional o incluso no estar disponible. A base de sensores El ABS comenzó a investigarse hace ya muchos años (a mediados de los sesenta ya había algunos coches que montaban primitivas versiones de los mismos), aunque su verdadera volución se produjo entre los años 80 y 90. Al principio se trataba de sistemas mecánicos poco efectivos para, posteriormente, pasar a ser electrónicos. El ABS basa su funcionamiento en unos sensores que miden y comparan la velocidad de las ruedas. Cuando dichos sensores detectan que, en frenadas, existe una variación importante entre el giro de unas y otras ruedas, la centralita de control interpreta que se está produciendo un bloqueo y manda órdenes para quitar presión de los frenos. Dichas órdenes pueden producirse varias veces por segundo. Dado que existían conductores que dejaban de frenar al notar el temblor en el pedal de freno, se incorporó a algunos sistemas ABS el denominado asistente a la frenada de emergencia. Éste es capaz de interpretar mediante diversos parámetros qué frenadas son de emergencia y, aunque el conductor levante el pie del freno en estos casos, el propio vehículo mantiene la frenada. Curioso, pero cierto. La popularización del ABS llevó a comprobar que algunos conductores sufrían mayor número de accidentes porque, malinterpretando las posibilidades del sistema, frenaban más tarde. El ABS no está pensado para que el coche frene más, sino para que frene bien. Si un coche necesita 100 metros para detenerse sin ABS, también los necesitará con ABS, la diferencia está en que utilizará dichos metros independientemente de la pericia del conductor. Juan, el protagonista de esta historia, lleva recorridos casi trescientos kilómetros sin parar. De noche, y con más de dos horas al volante, el cansancio termina haciendo mella en los reflejos de cualquier conductor. Sin embargo nuestro amigo opina que todavía puede esperar un buen rato porque el depósito de combustible está aún a cerca de la mitad de su capacidad. La carretera tiene buena luminosidad “sólo cien kilómetros más” se dice a sí mismo. Las distancias pasan rápido en la autopista, largas rectas, una farola tras otra, líneas continuas, líneas discontinuas, un camión, un coche a lo lejos, una intermitencia. Demasiado cerca, el coche de la intermitencia está demasiado cerca, no ha visto a Juan y sale hacia la izquierda para adelantar a otro más lento. Juan, que circulaba por el carril izquierdo, tarda demasiado en reaccionar, frena todo lo fuerte que puede, el pedal del freno retiembla, Juan levanta el pié del pedal, entra en acción el sistema de ayuda a la frenada. Sigue acercándose demasiado deprisa. En el último momento Juan da un volantazo casi involuntario y el coche obedece evitando el accidente gracias a la intervención del control de estabilidad. Un grito ahogado se queda en su garganta. Las manos le tiemblan, el depósito tiene capacidad para muchos kilómetros pero Juan necesita pararse en el arcén. Se echa sobre el volante casi sin creérselo, sollozando como un niño y dando gracias a su suerte se hace a sí mismo una seria promesa; jamás volveré a conducir con sueño. Cuando ya parece que todo está perdido, algunos eficaces sistemas de seguridad activa pueden llegar a actuar para evitar un accidente. Ni el antibloqueo de frenos ni el control de estabilidad pueden montarse como equipo accesorio en vehículos usados. Ante frenadas importantes, la capacidad de adherencia de los neumáticos puede verse rebasada. El ESP actúa sobre los frenos, sobre el motor o sobre ambos a la vez para hacer que el vehículo obedezca las órdenes del conductor. El control de estabilidad también funciona con los datos enviados por diferentes sensores. A los situados en las ruedas (compartidos con el ABS) se unen el de ángulo de giro del volante y el de la tasa de giro del vehículo. La centralita de control de todo el sistema recibe información de dichos sensores para que el cerebro electrónico del sistema determine si el vehículo está reaccionando tal y como se pretende. Cuando se detecta que las reacciones del coche son distintas a las órdenes mandadas desde el volante, la centralita actúa para corregir las desviaciones producidas. El control de estabilidad puede actuar frenando una o varias ruedas de manera independiente, limitar la fuerza del motor e, incluso, en los sistemas más modernos, aplicar cierto par de giro al volante. Todo ello con el único objetivo de mantener al automóvil en la trayectoria marcada por el volante. Obviamente, si el volante indica una trayectoria errónea, ésa será la que intente seguir el automóvil.
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