20 de marzo 2020 Carta a afectados del Coronavirus

Buenas tardes,
 
Perdona, porque hoy me he retrasado, pero prometí que te iba a mandar una carta cada día y no quiero fallarte. Hoy me toca hablar un poco de la casa de Carlos Arniches en la que, como te contaba ayer, pasé unos cuantos años. Para ser exactos, desde que los tres y hasta los nueve años. Era un primero, y justo en el piso de arriba vivían unos familiares, la "tía Nati" con su familia. A veces, en verano, nos íbamos a la azotea y me bañaba en un barreño. Sí, sí, no me he confundido, un barreño, y además era de latón y no muy grande (no era yo tan "grandote" como soy ahora), y es que por aquel entonces pasaba lo mismo que ahora, que en verano en Madrid hacía un calor "de mil demonios", así es que lo de tener "agua para mojarse el culo" era una bendición.
 
Te comentaba también que había una anécdota sobre mi abuelo. Bueno, en realidad era mi bisabuelo Abraham. Yo no lo recuerdo muy bien, pero mi madre siempre me dice que me quería muchísimo y que, siempre que podía, se acercaba a casa a cuidar de mi. Eran otros tiempos, y al bueno de mi bisabuelo le gustaba el anís, así es que teníamos en casa una botellita para que se tomara una copa cada vez que venía, y como eran otros tiempos, me dejaba a mi mojarme los labios. Digo yo que aquello debió de gustarme mucho, porque pasados los años me aficioné tanto a aquella bebida que me costó perder siete días de permiso en la mili, pero eso es una historia que contaré más adelante. Aunque la que ahora me ocupa también tiene que ver con esta bebida, porque parece ser que un día, cuando no había nadie en casa, decidí beber por mi cuenta aquel líquido que resultaba tan dulzón. Mi madre, cuando me lo cuenta, se parte de risa, pero dice que cuando ella y mi padre llegaron a casa y me vieron en aquel estado el susto que se llevaron fue tremendo, imagino que después también se reirían lo suyo cuando comprobaron que no me iba a pasar nada grave.
 
De aquella casa también son los recuerdos de las trastadas de mi hermano mayor. Ya sé que no se debe hablar de otros, pero es que mi historia no es nada sin la gente que me rodea, y en el caso de mi hermano mayor resulta un personaje imprescindible durante aquellos años. Viendo fotos de la época no puedo por menos que pensar que tenía realmente cara de pillo, lo malo es que no se quedaba ahí, era, como dice mi madre, un rabo de lagartija, y no tenía ni una idea buena o, mejor dicho, ninguna que lo fuera para mis padres, porque mi hermano mediano le adoraba, y yo también le seguía a todas partes... y así nos ganábamos los zapatazos de mi madre y las regañiñas de mi padre.
 
En una de esas muy extrañas ocasiones en las que nieva en Madrid, mi hermano el mayor fue el primero que bajó a la calle. Toda la familia estábamos mirándole detrás de la cocina del salón, protegidos del gélido invierno que había fuera. Mi hermano, con su cara de pillo, nos saludaba y nos hacía señas, y nosotros se las devolvíamos. Cogió nieve del suelo, hizo una bola, la aplastó bien aplastada como si hubiera estado haciéndolo toda la vida, y la lanzó contra nosotros con todas sus fuerzas ¡Crassss! ¡A tomar por saco el cristal de la ventana! y peor aún, con el cabreo que se cogió mi padre (porque aquello era un cabreo, nada de enfado) le hizo subir a mi hermano y el resto nos quedamos sin bajar. Así las gastaba mi hermano cuando era pequeño. Ahora, que eso no es nada en comparación con las "ideas de bombero" que tenía en cuanto a los juegos, hoy no, pero mañana te voy a contar el juego de los prisioneros... ni te imaginas.
 
Un abrazo.
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