21 marzo 2020 Carta a afectados del Coronavirus

Hola de nuevo,

 
Ayer nos quedamos en el juego de los prisioneros al que jugábamos con mi hermano el mayor. Bueno, aunque te he hablado de ellos creo que tendría que contarte que somos cuatro hermanos, tres niños y una niña, ahora ya tres hombres y una mujer, claro. Yo soy el más pequeño de los varones, y mi hermana es más pequeña que yo. Como si mis padres lo hubieran hecho aposta (supongo que no pero nunca se lo he preguntado) nos llevamos aproximadamente dos años y medio entre cada uno, por lo que mi hermano el mayor me lleva cinco años.
 
Al lío. Ginés, que así se llama el mayor, hacía las veces de "carcelero" claro, y nos encerraba a mi hermano y a mi en nuestras cárceles, que eran las habitaciones. Para jugar bien, como decía Ginés, teníamos que hacer lo que él nos dijera, así es que se inventaba cosas de lo más "peregrino". Una de ellas era traernos el "rancho"; un vaso de leche con Cola Cao y galletas que, por supuesto, teníamos que comer sin rechistar. Seguro que piensas que Ginés era un bendito, y eso pensábamos nosotros hasta que probábamos el Cola Cao, que el muy "cabrito", y palabra que me vienen expresiones mucho más acertadas que esa, nos lo preparaba con agua y con sal, vamos, un mejunje que no había quien se bebiera salvo que quisieras vomitar, pero no parece que eso fuera un problema para Ginés. Así es que ahí estábamos Jose, el mediano, y yo, haciendo esfuerzos infructuosos por ingerir aquél brebaje. Ni que decir tiene que Ginés se moría de risa con aquello.
 
No era muy habitual que Sandra, la pequeña, estuviera metida en los líos de los hermanos, pero una vez a Ginés se le ocurrió dejarnos a Sandra y a mi encerrados en el patio interior que tenía la casa. Yo estaba enfadadísimo y no hacía más que aporrear la puerta gritándole que nos dejara salir. Tanto y con tanta fuerza la aporreé que terminé por romper el cristal de la puerta que daba a la cocina. Ginés entonces nos abrió y me curó la mano, porque al romper el cristal también me corté con él. Mis padres, mientras tanto, trabajaban en la tienda que todavía tienen. Una tienda de antigüedades en la Plaza General Vara del Rey, en pleno rastro, que se llama Antigüedades G.Ayala y que, cuando éramos pequeños, abrían de lunes a domingo, librando únicamente los domingos por la tarde. A veces, alguno de nosotros se acercaba a la tienda a pedir que nos dieran dinero para comprar galletas de nata en la tienda del señor Antonio, una tienda de ultramarinos de las que había muchas por aquel entonces. El día que me corté no fue impedimento para que mi hermano Ginés me enviara a pedir a mi madre que nos diera para galletas, aunque me temo que no fue una buena idea.
 
Otro día que siempre se recuerda en mi familia fue cuando decidmos jugar a Furia, que según me han contado posteriormente era un caballo de una serie de vaqueros que ponían por la tele. Por supuesto, nosotros no teníamos caballos, pero sí que había una estupenda mesa de salón a la que nos subíamos para galopar, y tanto galopábamos que, como es lógico, un día se rompió. Pero Ginés siempre ha sido un tipo muy resuelto, así es que se las compuso para dejar la mesa de comedor como si nada hubiera pasado. Y así se quedó todo el día hasta la hora de comer, cuando mi madre puso la mesa y plantó la cacerola con el cocido que había hecho y ¡pataplam! Allá que fue la mesa con todos los platos y la comida del día. Ahora nos reímos todos con aquello, pero creo recordar que fue el motivo por el que mi padre nos tuvo a todos castigados un par de días cada uno en un cuarto de la casa y sin poder salir para nada.
 
Está claro que eran otros tiempos, unos de los que todavía me quedan algunas travesuras que contar, pero mejor me las dejo para mañana.
 
Que descanses.
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