24 marzo 2020 Carta a afectados del Coronavirus

Hola de nuevo,

 
Quedé ayer contigo en que hoy tocaba contar alguna historia sobre perros, y la verdad es que tengo algunas bastante curiosas. Bueno, o al menos a mi me lo parecen. Como ya sabes por anteriores cartas, mis padres tenían una tienda de antigüedades en el rastro. Un día, paseando por la calle, me encontré un pequeño perro que, al menos por lo que yo pude ver, estaba abandonado. Como me encantan los perros le hice un par de carantoñas. Al perro debió gustarle, y me siguió. Yo me dirigí a la tienda y el perro se vino conmigo, y aunque mi madre protestó al principio no pudo evitar que el perro se metiera conmigo hasta el final de la tienda y se quedara allí tumbado. No se movió en toda la tarde, estaba tranquilo y encantado, y yo estuve durante todo ese tiempo intentando convencer a mi madre de que tener un perro era algo que deseaba por encima de todo, y ese perro parecía haberme escogido a mi como dueño.
 
Llegó la hora de cerrar, vino mi padre y, cuando vio al perro, dijo lo que yo más temía; de ninguna manera iba el perro a venir con nosotros. No importa todo lo que protesté y lo mucho que lloré, mi padre fue totalmente inflexible. Cerramos la tienda y nos fuimos hacia el coche, mi madre me dijo que me ocultara para que el perro no me viera y yo, acurrucado en el asiento de atrás, fui llorando todo el camino desde la tienda hasta mi casa, sin mirar por la ventana, sin saber dónde estaba ese animal que, por una simple caricia, había decidido que yo merecía la pena. Jamás volví a verlo. Sin embargo, mi madre me comentó, tiempo después, que ni mucho menos se había quedado el perro esperando cerca del garaje del que cogimos el coche. Según parece, cuando salimos con el coche, aunque no me vio, salió detrás nuestro, y siguió corriendo y siguiéndonos hasta que llegamos a casa, y si no llega a ser porque teníamos un garaje se hubiera plantado frente al coche cuando yo salí del mismo. Todavía me siento triste cuando pienso en aquel perro.
 
Una de las actividades que yo hacía los fines de semana era mi "visita a mis amigos los perros". Tenía controlados a dos o tres perros que estaban en diferentes lugares del rastro. Estaban el perro del carbonero, el perro del que vendía hielo o el perro de la tienda de ropa. Antes de verlos me pasaba por Alquezar, un bar en el que me conocían, y pedía azucarillos, que posteriormente repartía entre mis amigos los canes. En una ocasión tuve la mala idea de acercarme mucho a uno de los perrillos que estaba comiendo, el pobre animal, creyendo que le iba a quitar la comida, me echó una dentellada que tuvo la mala suerte (o la muy buena) de acertarme por encima del ojo, no me dolió en absoluto, pero aquello echaba sangre que tiraba para atrás, y tuvieron que llevarme a la casa de socorro. Lo pero del tema fue que hubo que hacer un parte y tuvimos que presentarnos a una citación en el juzgado, el resultado fue que me declararon culpable y exoneraron al perro y al dueño, porque estaba claro que había sido culpa mía. 
 
Muchos años después de todo aquello hubo una situación curiosa frente a la tienda de mis padres. Los bomberos habían acudido porque, según parecía, una de las inquilinas había fallecido y tenían que abrir la puerta. Junto a la buena mujer vivían una cotorra y un perro pequeño, para ser exactos un yorkshire. Mi hermano mayor, que entonces estaba en la tienda, se apiadó del perro y dijo que se lo quedaba, porque vivía solo. Sin embargo tenía que salir de viaje, así es que le pidió a mis padres que lo cuidáramos durante unos días. Lo llevamos a casa y, sin tener ni idea de perros, lo cuidamos lo mejor que supimos. Lo primero que hicimos fue lavarlo, proceso en el cual descubrimos que su fealdad no era tal, y se trataba en realidad de un perro precioso pero de menos de dos kilos de peso. De hecho, también descubrimos poco después que todavía era un cachorro.
 
Ni que decir tiene que, cuando mi hermano volvió de viaje, ya habíamos decidido que aquel perro no iba a salir de nuestra casa. Tenía nombre cuando nos lo dieron; Puskas, como el jugador de fútbol, pero nosotros se lo cambiamos a fuscas, para ser exactos, fusquitas. Desconozco si has tenido alguna vez un perro, pero te aseguro que es increíble lo que un animal de menos de dos kilos de peso puede cambiar a una familia entera. No recuerdo a mi padre más feliz que cuando tenía a Fusquitas sentado en su regazo, o cuando mi madre bromeaba intentando quitarle de ahí y Fuscas, siguiendo la broma, enseñaba los dientes como si fuera a morderla (jamás mordió a nadie ni lo intentó). Fuscas estuvo con nosotros nada menos que 17 años, y todos y cada uno de los días de su vida nos aportó una enorme felicidad.
 
Perdona, me he puesto un poco melancólico, pero es que no puedo evitarlo, Fuscas es para mi otro más de la familia, y así le recuerdo.
 
Bueno, mañana más, un abrazo.
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