27 marzo 2020 Carta a afectados del Coronavirus

Hola compañer@,

 
Estoy haciendo trampas, lo reconozco. Ayer, después de estar todo el día con el ordenador, se me pasó escribir la carta diaria, y por eso la escribo hoy, y diré que el Coronavirus sigue sin marcar un gol. Hago trampa porque no nos vamos a dejar vencer por un bicho que es tramposo, un virus que nos ha cogido por sorpresa y a traición, y cuando se empieza una guerra hay que jugar las mismas cartas que el enemigo.
 
Ayer hablaba de la pasión que tenía de pequeño por las bicicletas y de que, lamentablemente, no tuve una en propiedad hasta que fui mayor y ya no vivía en mi casa. Es curioso, porque sé que mis padres querían hacerme feliz, pero por algún motivo que todavía no he llegado a entender jamás llegué a tener la bici. Lo que sí tuve fue un patinete, y lo usé tanto como si hubiera sido una bicicleta. Una de las cosas que recuerdo de aquel patinete era que me pasaba las tardes yendo de un lado a otro de la acera en la que estaba la tienda de mis padres. Cerca de esa tienda estaba también la tienda de Juanito, un amigo anticuario de mis padres que, casado con Aurori, tenía dos hijos; Bárbara y Juan. Este último era más pequeño que yo en edad, y tremendamente más pequeño que yo en tamaño. Sí, ya sé que igual suena raro que me acuerde de eso, pero es que es fundamental para que entendáis a qué nos dedicábamos. Como yo era mucho más grande y tenía un patinete, Juanito (el niño, claro) se podía sentar en el patinete agarrándose a mi pierna, y así, con él agarrado a mí, pasábamos las tardes con el patinete Juanito y yo.
 
Otro amigo que tenía por aquel entonces era Mariano. Tampoco muy grande en altura, pero enorme para pasar los mejores y más divertidos ratos del mundo. Como no podía ser de otra manera, sus padres también tenían una tienda de antigüedades y eran amigos de mis padres. A veces, los domingos, me iba a pasar la tarde con él y su familia a su casa. Era tremendamente divertido. Primero, porque todos los componentes de la familia eran muy graciosos, pero también porque el ambiente familiar era fantástico. Nos reuníamos todos en el salón y jugábamos a juegos de mesa, creo que era el Monopoly, pero si he de ser sincero no lo recuerdo bien realmente, quizás era otro juego, pero lo importante era que lo pasábamos de miedo. Una de las particularidades que tenía aquella casa es que con la familia vivía Currupipi, que no era otra cosa que un gorrión que, siendo pequeño, había rescatado el padre, y que debió decidir que aquella familia de humanos era mejor compañía que cualquier pájaro de fuera. Currupipi vivía fuera de la jaula, y cuando Mariano padre le llamaba, iba hacia él. Sí, si piensas que los pájaros no entienden te equivocas, yo he visto a Currupipi dar besitos a Mariano y a su mujer, y le he visto responder a regañinas o a caricias. Sí, los gorriones también tienen su corazoncito.
 
Esto último me ha hecho recordar una historia que escribí siendo pequeño y que me hizo ganar una especie de competición en el colegio. En realida no era una competición, sino la posibilidad de ser elegido para el "períodico" que se publicaba todos los años al finalizar el curso. Cada clase ponía algo; un dibujo, una historia, una noticia... bueno, o varias cosas, pero como era algo que se hacía entre todos los cursos, no resultaba fácil que escogieran lo que uno hacía. un día, cuando estábamos esperando para ir al colegio, me encontré un gorrioncillo muerto en el suelo. Estuve mucho tiempo pensando en él, y escribí una historia. Considerando la edad y esas cosas, debía ser finales de los años 70 o, como mucho, principios de los ochenta, y la historia trataba del gorrión, del gorrión y de los motivos por los que había fallecido, aunque yo lo tenía claro, le había matado la contaminación. Si, habrá gente que piense que la preocupación por la contaminación es de ahora, pero yo ya escribí una historia en esos años hablando del problema. Lo que yo te diga, un visionario (aquí va una risa en falsete)
 
Bueno, termino por hoy. Un saludo y, nos "hablamos" mañana.
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