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Land Rover Freelander 2 Td4 2.2 y Toyota Rav4 2.2 D-Cat

Por Ramón Ortiz


Toyota RAV4 y Land Rover Freelander 2 son, por diferentes motivos, dos de los modelos más deseados del segmento de los todocamino ligeros. La polivalencia de ambos es un argumento de peso que se une al innegable atractivo estético de sus carrocerías.

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El líder del segmento contra la nueva referencia. Si el Toyota RAV4 ha demostrado históricamente que su acertado planteamiento le ha dado la razón en nuestro mercado (ostentando un indudable liderazgo de ventas en su segmento), el Land Rover Freelander está considerado como el más off-road de los todocamino ligeros. Se trata por tanto de enfrentar un vehículo, el británico, que debe hacer siempre honor a su legendaria marca, frente a un modelo japonés que no desentona en absoluto a l ahora de evolucionar sobre cualquier terreno, pero que apuesta firmemente por reforzar sus cualidades allí donde más va a ser utilizado, es decir, en el asfalto.
Son dos modelos con una extensa trayectoria en el mercado. La primera generación del RAV4 de Toyota se remonta al año 1995, después de suponer toda una revolución en su presentación durante el Salón de Ginebra del año anterior. Por su parte, el Freelander veía la luz dos años después. Pero poco o nada tienen que ver los modelos aquí analizados con aquéllos primeros pasos de lo que con los años iba a ser un segmento de gran éxito, como lo es actualmente el de los 4x4 ligeros. Hoy, el japonés anda ya por su tercera generación,
mientras el británico inicia ahora la andadura de su segunda generación, que supone un enorme paso adelante. Y lo han logrado sin renunciar a mantener parte de su propia personalidad, aunque en este sentido nos convence más el resultado del vehículo de Solihull, cuya imagen se asocia rápidamente a la legendaria fi rma Land Rover. Más impersonal, aunque muy atractivo en sus trazos, la línea del RAV4 es un ejemplo de sencillez, lejos del atrevimiento que ofreció en su momento la primera generación del modelo.
Con 4,5 metros exactos, el Land Rover mantiene una interesante ventaja en longitud total, ya que el RAV4 es 11 centímetros más corto. Este detalle se deja notar en el maletero e incluso en las plazas posteriores, pero más notoria es todavía la mayor anchura interior del inglés, muy importante si pretendemos ubicar a tres personas en la banqueta trasera. Las diferencias apreciadas en los diseños exteriores se hacen también patentes en los respectivos interiores, con un tablero de corte moderno y funcional en el RAV4, diferenciado de un Freelander que mantiene ciertas reminiscencias del pasado, con mayor presencia de ángulos
y formas rectas. Las posiciones de conducción ofrecen múltiples regulaciones, manteniendo no obstante cada una de ellas su propia personalidad, más elevada y erguida en el Land Rover, más baja y estirada en el Toyota. Donde no apreciamos diferencias remarcables es en la calidad de los materiales.
Tiempo atrás los productos japoneses solían marcar ciertas diferencias a su favor, pero debemos decir que este Freelander nos parece un vehículo bien rematado y con una calidad notable en todos sus componentes.
En materia de equipamientos, estamos ante dos modelos que sin duda están por encima de la media, como lo demuestran los extensos listados que adjuntamos en nuestras fichas técnicas. La diferencia está en que el Land Rover ofrece un listado más interesante de opciones, sobre todo por la posibilidad de equipar el cambio automático secuencial de seis relaciones, que tiene un precio de 2.320 euros, o los fabros bi-xenon. Por el contrario, a favor del RAV4 podemos mencionar la presencia en su equipamiento de serie de la tapicería de cuero.
Diesel de altas prestaciones Para la realización de esta comparativa hemos optado por las versiones diesel más potentes disponibles en cada una de las respectivas gamas. Mejor dicho, en el caso del Freelander es por ahora la única disponible, mientras el RAV4 permite escoger entre dos niveles de potencia (136 y 177 caballos), partiendo del mismo bloque motor. Hablamos en ambos casos de propulsores de idéntica cilindrada, 2,2 litros, un compromiso que nos parece óptimo para modelos de su peso y volumen. Si bien el Toyota aventaja claramente en potencia a su oponente, 177 por 160 caballos, la cifra de par máximo es exactamente igual, 400 Nm y, no solo eso, sino que se alcanza al mismo régimen de revoluciones. Existe en cambio una importante diferencia a nivel de prestaciones, que vamos a intentar explicar.
Mientras el RAV4 se jacta de alcanzar los 200 km/hora de velocidad máxima, para el Land Rover se anuncian 181 km/hora. Más notorio e importante en la conducción nos parece la cifra de aceleración 0-100 km/hora, con 11,7 segundos para el inglés y unos brillantes 9,8 segundos para el nipón. ¿Cuáles son las causas de estas cifras tan dispares en dos vehículos tan similares mecánicamente? Evidentemente los 17 caballos a favor del Toyota acaban por notarse. Si a ello añadimos que el Land Rover arrastra 175 kilos más de peso en vacío y que sus desarrollos de cambio son algo más abiertos, las cuentas acaban saliendo. Además, el RAV4 reafirma su incontestable dominio en este apartado, ya que tiene un consumo medio homologado inferior al de su rival, algo que hemos podido corroborar en nuestro ensayo, aunque en ambos casos sobre cifras más elevadas, 8,8 litros a los 100 km para el Freelander y 8,4 litros a los 100 km para el Toyota, sobre recorridos mixtos de asfalto y pistas.

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Volviendo a los motores y al margen de las cifras, una vez nos ponemos en marcha, nos gusta más la respuesta y elasticidad inicial del motor del Land Rover, ya que en la primera zona del cuentavueltas, el RAV4 se muestra algo perezoso, para después destapar el tarro de las esencias y ofrecer unas aceleraciones mucho más enérgicas que el inglés. Por lo demás, mecánicamente son dos vehículos que han recurrido a soluciones iguales o muy similares. Ambos equipan chasis tipo monocasco autoportante, ambos utilizan esquemas independientes de suspensión en sus cuatro ruedas (con McPherson delantero en el caso del Toyota), y los dos los acompañan de muelles y estabilizadoras en ambos ejes. En este caso, las diferencias vienen impuestas por el comentado peso, que provoca mayores inercias en el Freelander y por la dureza de la amortiguación, aspecto en el cual el RAV4 ofrece una dureza superior, que le permite obtener unas reacciones muy ágiles en carreteras viradas. De cualquier manera, si nuestra  eferencia es la anterior generación del Freelander, les aconsejamos que se olviden del mismo y que prueben el nuevo modelo, ya que su comportamiento en carretera está muy cerca del exhibido por el modelo japonés. Además está muy bien calzado para estas lides, con unos neumáticos de igual perfil y medida de llanta. Y para hacer frente a esos kilos de más comentados anteriormente, equipa discos ventilados traseros, más eficaces sobre todo a la hora de hacer frente al cansancio, después de un uso exigente y continuo. Las ligeras desventajas del Land Rover a la hora de moverse por el asfalto desaparecen en pistas en buen estado, donde se permite luchar de tú a tú con el RAV4, sin complejo alguno. Ambos disponen de un arsenal de ayudas electrónicas que ponen su granito de arena allí donde surgen limitaciones, destacando en este apartado la exhibición del Land Rover, cuyo sofisticado sistema Terrain Response permite escoger entre diferentes modos de utilización, en función del tipo de terreno que debamos afrontar. A los habituales controles de tracción y estabilidad, añade elementos como el control de descenso de pendientes, la posibilidad de desconectar el control de estabilidad, el control de frenada en curva, etc. Estos dispositivos, unidos a la presencia de unos mejores ángulos de ataque, salida y ventral, o a una altura libre netamente superior (22 por 19 centímetros), hacen del Freelander un vehículo más apto para intentar maniobras de franqueo de obstáculos. De hecho, ateniéndonos a su sorprendente efi cacia, contemplar sus movimientos sobre algunas trialeras nos podría hacer pensar que cuenta con reductoras. Por cierto, eficacia al margen, el modelo de Solihull ofrece también un confort de marcha superior, producto de una amortiguación más absorbente, que filtra mejor las irregularidades del terreno.

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¿Conclusiones? Nos gustaría quedarnos con ambos, pero como ese no es el objetivo, podemos afirmar que son dos vehículos con personalidades suficientemente diferentes para decantarse. El Land Rover hará las delicias de los fi eles de la marca, ya que éste Freelander es capaz de mantener el espíritu de la misma, adaptándose a los nuevos tiempos y a un segmento en plena efervescencia. En cambio, el Toyota RAV4 es perfecto para aquéllos que desean un vehículo de gran comportamiento en asfalto, combinado con un “look” todocamino no exentos de ligeras posibilidades en pistas no asfaltadas; es decir, para la mayoría.

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Publicado el: 01/07/2007
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