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Yo también soy saabista


El sábado pasado hubo una reunión de saabistas de toda España en Madrid. Aunque estuve invitado y no acudí, he de afirmar para que todo el mundo lo sepa que yo, también, soy saabista. Que una marca como **saab** esté atravesando actualmente por un proceso tremendamente delicado es algo que me entristece enormemente. Recuerdo a la perfección lo maravillado que me sentía a principio de los años noventa cuando veía las inconfundibles líneas del Saab 900. Haciendo gala de una personalidad única, el curvado parabrisas delantero permitía buena aerodinámica a pesar de su gran verticalidad. La herencia aeronáutica de la casa se hacía notar, y lo hacía también con el uso del turbo, pues la sobrealimentación comenzó primero en la aviación para compensar la lógica falta de aire de las mecánicas en altura. Pocos recuerdan hoy que Saab fue pródiga en vehículos deportivos que, utilizando motores de dos tiempos, maravillaban a propios y extraños en las competiciones de rallies. Tampoco se recuerda que fue de las primeras en utilizar la sobrealimentación o en ofrecer potencias superiores a los 200 CV en modelos de tracción delantera. Hoy parece que todo aquello fue sólo una circunstancia más, pero sin marcas innovadoras como Saab la industria automovilística actual no hubiera avanzado tanto como lo ha hecho durante su existencia.



Con el paso de los años y la aparente necesidad de buscar socios grandes para afrontar momentos delicados Saab fue absorbida por General Motors y, pese a que haya quien no esté de acuerdo, aquí comenzó en mi opinión el principio del fin de una marca que merece mantenerse viva. La primera creación de Saab dentro de la estrategia de GM fue el 9-3, un modelo que supuso la popularización de la marca y el abandono de su personalidad propia. Compartiendo muchos elementos con vehículos de Opel, la digna realización del conjunto se alejaba sin embargo de la independencia estilística y de la tecnología propia de la marca. General Motors, al querer hacer más popular a Saab, permitió que ésta se hiciera vulgar, haciendo así que se perdiera el mayor valor de la marca: su personalidad.



A pesar de que Víctor Muller, propietario de Fisker y a la postre también de Saab en los últimos tiempos, quiso recuperar el tiempo perdido durante el mandato de GM, el daño ya hecho y las circunstancias generales del mercado parecen haber impedido -y espero que sea sólo de momento- la recuperación real de una marca única, una marca que merece seguir manteniéndose en el mercado, una marca de la que me declaro ferviente admirador.

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