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Ruedas y coches

 
Lanzas una moneda al aire y obtienes, la mitad de las veces, una cara, la otra mitad, una cruz. Eso dicen los estadísticos. Otros creen en la suerte, y repiten una y mil veces la misma apuesta aun a pesar de tener los números en su contra. El destino me viene de cara, dicen.
El destino, busco su significado en el diccionario: fuerza desconocida que se cree obra sobre los hombres y los sucesos. Una fuerza, un algo contra lo que no se puede luchar. En los últimos días me he dado de bruces contra mi destino y he llegado a una conclusión; quizás es irremediable, pero haré lo que esté en mi mano para que juegue a mi favor.
 
Fiesta en la escuela
-Hay que desayunar deprisa. Hoy no estamos para perder el tiempo Ana, recuerda que tienes tu función y tenemos que llegar un poco antes de lo habitual.
Le digo a mi hija mientras remolonea con la comida.
-Ya lo sé mamá ¿le has dicho a papá que hoy es la fiesta? Se ha ido muy temprano y no me ha dicho nada.
-No te preocupes, ya lo sabe, y no te ha dicho nada porque estabas dormida, pero a mí si me ha comentado que estaría allí antes de la función, que te lo dijera para que no te preocuparas.
Ana va a hacer de gusano junto con un compañero. Ninguno de la clase quería hacer de gusano así es que ella y su amigo se presentaron como voluntarios. Se le iluminan los ojos cuando me dice que son traviesos, que van a ayudar a los duendes a robar la luna y las estrellas. Yo no entiendo nada pero ella es feliz y a mí me basta.
-Venga, cógelo todo que tenemos que salir antes de que comiencen las caravanas.
Ahora vivimos en el campo, lejos de mi trabajo y de su escuela. Tiene sus inconvenientes, como levantarse antes y hacer más de 30 kilómetros de ida y otros tanto de vuelta. Aunque luego, cuando volvemos pronto y pasamos la tarde con largas caminatas por el campo o bañándonos en nuestra pequeña piscina, merece la pena.
 
La suerte está echada
David, un amigo que escribe de coches, estaría orgulloso de ver a Ana montándose en el mío. Todavía no ha cumplido seis años y ya se sienta ella sola en su silla especial y se abrocha el cinturón. No se lo digo mucho porque es muy resabiada y luego todo lo que sabe se vuelve en mi contra, pero estoy muy orgullosa de ella.
Ponemos la radio y comenzamos el viaje de cada día. Hoy ha habido suerte, hemos salido pronto y todavía son muy pocos los coches que encontramos en la carretera.
Conozco el camino casi como para hacerlo con los ojos cerrados, estoy tranquila hasta que… pero ¿qué pasa? la dirección no responde bien, el coche quiere ir hacia el otro lado de la carretera, doy un volantazo, creo que se ha reventado una rueda. Sabía que llevaba las presiones bajas pero no le di importancia. ¡Dios mío! estoy dándome golpes contra el quitamiedos, el coche gira sobre sí mismo varias veces, no sé exactamente donde estoy.
Un barranco, sé que hay un barranco en esta zona, tengo que evitarlo. ¡Ana! ¡Por favor que no pase nada! no sé si estoy en el lado del barranco o en el otro, el coche se va de frente, no puedo evitar que nos salgamos de la carretera… ¿será cara o me habrá tocado cruz?
No sirve de nada frenar, la suerte está echada, el pequeño Ford Fiesta comienza a sacar el morro fuera del asfalto, noto las ruedas pisando más allá de la carretera pasando a duras penas por encima de rocas grandes, el desnivel no es mucho… me ha tocado cara. No estoy en el lado del barranco, el coche avanza un poco más hasta que se detiene.
 
La desorientación
Estoy agarrada al volante como si quisiera evitar que me lo quitasen de las manos, tardo un momento en reaccionar. Me doy la vuelta corriendo para ayudar a Ana a salir del coche. Ana ya no está, ella sola se ha desabrochado y ha pasado hacia delante para salir conmigo. No le ha pasado nada. Está asustada, como yo, pero está bien.
No recuerdo exactamente cómo he vuelto a la carretera junto con mi hija. Pasan varios coches que no se detienen. Por fin un hombre decide que su tiempo es menos valioso que la ayuda que pueda prestarnos. Muchas gracias.
-¿Tienes chaleco para ti y para la niña? ¿Llevas triángulos? ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado?
Todo son preguntas lógicas cuyas respuestas conozco pero ahora no quiero responder, ahora no pienso con claridad.
-Chaleco… sí, llevo uno para mí pero no para Ana (como si el buen hombre supiera que mi hija se llama Ana) ¿Los triángulos? Están en una bolsa azul, en el maletero. Estamos bien. No sé qué ha pasado, creo que he reventado una rueda y ya no he sabido hacerme con el coche.
-Mamá, vámonos rápido, que no llegamos a la función. Pero mírame antes la cabeza, me duele.
Ana se ha dado un golpe contra la ventana. Estoy preocupada. Al cabo de un rato llega la Guardia Civil. No me preguntan nada, oigo por la radio que no tienen que hacerme la prueba de alcoholemia porque no es obligatoria a esta hora. No iba a dar positivo pero no entiendo nada.
 
Tengo que contarlo
Son las cuatro de la tarde. Ya era hora de salir del hospital. Las pruebas que le han hecho a Ana han sido positivas, no tiene nada. La cabeza le duele por el golpe pero no ha habido daños internos. Bueno, salvo su tristeza, no ha habido función para ella.
Me duele el hombro, me duelen las manos, me siento cansada, angustiada. Quiero descansar, tumbarme en la cama y esperar a que venga mañana. Quiero olvidar lo que me ha pasado. O mejor no, mejor se lo cuento a David para que sepa lo que puede ocurrir por una tontería, por no mirar la presión de los neumáticos. Aunque él ya lo sabe, justo hace una semana se lo dijo a mi marido: “Quino, chaval, mira cómo llevas las ruedas”
Pero muchas veces esos consejos no se tienen en cuenta. Parece que te los dicen por echarte en cara que haces algo mal. Ya los miraré, nos decimos a nosotros mismos al tiempo que retrasamos el momento. Es la última vez que lo retraso, es la última vez que me la juego a cara o cruz. Mi destino ha jugado esta ocasión a mi favor, voy a cuidar la seguridad de mi coche cada vez, no voy a dejar que sea el destino el que decida sobre mi integridad y la de los míos cuando voy al volante.
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