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Audi R8 V10 TSI (1)

De entre todos los deportivos de altas prestaciones que todavía no había tenido oportunidad de conducir -y no son pocos, lamentablemente-, el Audi R8 era uno de los que más me llamaba la atención. Fernando Gómez Blanco, compañero de la revista Automóvil, me había hablado muy bien de él, y el hecho de saber que básicamente compartía mecánica con el Lamborghini Gallardo LP560-4 no hacía sino aumentar mis expectativas.

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Con el ánimo elevado y ese pequeño temor que surge al saber que uno va a circular con un coche cuyo precio venta al público iguala al de muchas casas, me acerqué el día señalado a por mi flamante Audi R8 de pruebas. Totalmente pintado en rojo, la estampa del R8 me parece que es de las que ofrecen deportividad sin estridencias. Es cierto que hace que se giren las cabezas de todos los que nos encontramos a nuestro paso, pero su espectacular estampa está más cerca de la belleza que de la estravagancia.

Al sentarme en su cómodo habitáculo me sorprendo con un curioso pensamiento: acabo de descender para situarme en el cielo de quienes aman la mecánica. Esperaba un habitáculo diferente, más rompedor pero también con menos lujos. El Acabado es sensacional, la correcta distancia a todos los mandos se encuentra sin problemas, y delante mío observo un volante con la tradicional forma de los deportivos del grupo VW: redondo en general pero achatado en su zona inferior -lástima-.

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Ante la presencia del cambio manual robotizado R-Tronic, busco posicionarlo en parking para proceder a la arrancada. Primer error, pues este cambio no dispone de posición de aparcamiento. Permite pocos recorridos, palanca hacia delante para aumentar de marcha, hacia atrás para reducir, o hacia la derecha y hacia atrás para insertár la  marcha atrás. Si queremos que funcione en automático debemos dar un pequeño toque hacia la izquierda y olvidarnos de que existen la palanca y las levas del volante. Tras la palanca, un botón permite elegir también la posición Sport, que varía el modo en que funciona el sistema.

Giro la llave y me llevo la primera sorpresa. A menos de medio metro de mi cabeza se escucha a la fiera. Los diez cilindros montados longitudinalmente despiertan con un gran rugido. Parece que quieran anunciar la verdadera esencia de su ser, poderosos, contundentes, acechantes, inquietantes. Se silencian los sonidos del exterior, nada importa ya salvo la rítmica respiración del FSI de 5,2 litros de cilindrada. El placer se apodera de mi ser sin que el R8 se haya movido un milímetro de su posición inicial.

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Lentamente acaricio con el pie derecho el pedal del acelerador. El morro se asoma a exterior, la mirada del R8 se acerca al tráfico de la calle Orense de Madrid. Me pregunto cómo responderan los 525 CV al agobio urbano de la capital. Aunque el cambio está situado en automático parece que se hubiera quedado enganchado en primera. La sonoridad aumenta con cada caricia al acelerador, y se me ocurre que quizás sea mejor utilizar el cambio manualmente para obligar a llevar una marcha más alta. Efectivamente, el sonido disminuye, el motor suaviza su rugido, y el Audi R8 capta las miradas de quienes se lo cruzan pero reclama menor atención que cuando suelta sus bramidos.

Con el pensamiento puesto en sus características técnicas y la mirada eludiendo los gestos de insana envidia que aparecen por doquier, atravieso la ciudad en busca de la carretera que me lleva a casa. En el ordenador de a bordo las cifras de consumo nunca bajan de los diez litros y superan con facilidad los veinte a poco que presione el pedal del gas. De vuelta con el cambio en posición automática las marchas van entrando algo más despacio de lo esperado pero la respuesta al acelerador es siempre contundente.

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Los cuarenta kilómetros de autovía que me separan de la capital se realizan al mismo ritmo de siempre entre el tráfico habitual de media tarde, pero con la certeza de contar con un manantial de potencia en caso de necesidad. Entrando en mi calle observo temeroso los prominentes badenes (también llamados guardias tumbados) que amenazan la integridad inferior del R8. Baja velocidad, suavidad con el acelerador... y yo que pensaba que ser propietario de este coche debía hacer feliz a cualquier mortal en cualquier circunstancia.

Por fin accedo a mi garaje. Afortunadamente, el R8 queda oculto entre otros vehículos. De repente me doy cuenta que en mi propiedad y bajo mi protección se encuentra un deportivo que sólo los muy adinerados pueden permitirse. Quiera Dios (o quien quiera que pueda querer) que los amigos de lo ajeno no hagan cábalas lógicas. Desgraciadamente, mis propiedades distan mucho de las que pueda tener quien se permita un automóvil como el R8, pero en la puerta de mi casa no cuelga ningún letrero que diga "atención, el coche no es mío". Es más, si yo me dedicara a las deshonrosas labores de caco, tampoco daría mucho crédito a un cartel con similar anuncio.

(continuará....)


Etiquetas: audi, fsi, r8, v10
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