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Bicicletas, conductores y educación

Muchos sabréis ya que otra de mis grandes pasiones, además de los coches, son las bicicletas. En general me encanta realizar rutas con bicicleta de montaña, aunque desde que Ford me invitó a pedalear junto a componentes del equipo nacional de ciclismo en carretera estoy dándole vueltas a la cabeza a eso de adquirir una bici para circular por asfalto. Con todo y con eso, no soy de los que andan predicando que la bicicleta ha de tener los mismos privilegios que el resto de vehículos de la vía. No, las carreteras se han hecho para que los usuarios circulen con medios motorizados de un modo lógico y seguro, lo que no siempre es totalmente compatible con la existencia de ciclistas y, desde luego, es casi incompatible con algunas normativas realizadas únicamente para que sus creadores reciban palmaditas en la espalda por aquello de ser políticamente correctos.

 
Pero de lo que no me cabe ninguna duda es de que el respeto entre usuarios es la base de la máxima seguridad en carretera, y he de decir que el otro día fui testigo de una de esas situaciones en las que, pese a ser casi siempre el conductor del coche en vez de el ciclista, entendí que estos tachen de intolerable el comportamiento de los conductores. 
 
 
Acababa yo de llegar a lo alto de un puerto con la bicicleta de montaña pero en carretera y junto con mi amigo Santiago cuando, desde el mismo alto que habíamos alcanzado, se disponían a salir un par de ciclistas que habían estado esperando a un compañero. Unos cientos de metros más abajo venía un coche, pero los ciclistas salían por una vía que tenía prioridad, como así quedaba constatado por una señal de ceda el paso bien visible para el coche. Lamentablemente dicha señal no pareció importarle lo más mínimo al conductor que, haciendo eses para evitar a los ciclistas, aceleró a pesar de la presencia de éstos y se incorporó a la carretera. Ni que decir tiene que el conductor tuvo suerte de viajar en coche y no encontrar un stop a los cien metros, porque el grupo de ciclistas tenía un enfado (de los que empiezan por c y terminan por o) absolutamente comprensible. 
 
Por mucho que intente comprender las motivaciones del conductor no cabe en mi cabeza que por no perder dos segundos de hacer un ceda el paso alguien pueda arriesgarse a hacer un daño -quizás irreparable- a otra persona que, por supuesto, estaba haciendo lo correcto. Defiendo y defenderé la libertad de todos, y me leeréis en más de una ocasión defender lo represivo e ineficientes que son los límites de velocidad genéricos, pero si hay una máxima que rige mi comportamiento en carretera es la de intentar circular siempre respetando a los demás y con margen suficiente para actuar en caso de encontrar circunstancias inesperadas. Actuaciones como la descrita sólo sirven para constatar que la educación y el respeto a los demás son las bases de las que carecen muchos usuarios de la vía, ya sean conductores, ciclistas o peatones. Quiero creer que en el futuro mejoraremos en estos aspectos y que, incluso, somos mejores ahora que hace unos años, el problema es que hablando de tráfico basta con una manzana podrida para tener consecuencias desastrosas.
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