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Koenigsegg; un fuego, un fantasma y una leyenda

Era un sábado de marzo de 2003, las instalaciones de Koenigsegg se encontraban vacías salvo por un operario que realizaba operaciones de limpieza, la actividad del fabricante había sido frenética durante los últimos días, pues la semana siguiente habían de estar presentes en uno de los eventos más importantes del año para el mundo de la automoción; el Salón del Automóvil de Ginebra. Un inconfundible olor a quemado alertó al trabajador, y al comprobar su procedencia descubrió que estaba ardiendo el edificio en el que se fabricaban los vehículos de la marca. Con veinte minutos de trayecto desde el lugar en el que los propietarios recibieron las noticias hasta la fábrica Christian, CEO y propietario de Koenigsegg, sólo escuchaba una frase: "la fábrica se está quemando". Años de trabajo, de ilusión, de contratiempos y de pequeños y grandes triunfos parecían estar abocados a quedar reducidos a cenizas. 

Al llegar al lugar del incendio las perspectivas comenzaron a cambiar para un hombre acostumbrado a hacer posible lo imposible. Muchos de los vehículos de la fábrica habían sido rescatados por los trabajadores que, alertados del fuego por su compañero, acudieron de inmediato a aportar tanta ayuda como fuera posible, salvaron coches completos, partes de coches, piezas… y salvaron la empresa, lo que quedó sirvió para acudir al Salón de Ginebra como si jamás las llamas hubieran puesto en peligro la supervivencia del fabricante. Dado que las instalaciones quedaron inservibles se hizo necesario un traslado que llevó a Koenigsegg a los antiguos hangares de un escuadrón aéreo cuyo emblema era un fantasma y que fue adoptado y renombrado por Koenigsegg para conocerse desde entonces como "The Spirit of Performance" (El espíritu de las prestaciones)

Pero para entrar en la leyenda el indómito fabricante todavía tenía que demostrar que su intención de construir el mejor deportivo del mundo podía probarse con datos empíricos. De este modo, y justo antes de una nueva cita con el Salón de Ginebra, el equipo de Koenigsegg pasó todo un fin de semana en la pista de pruebas de Nardo esperando las condiciones propicias para conseguir batir el récord de velocidad máxima de un coche de producción, ostentado durante los últimos ocho años por el todopoderoso McLaren F1. Problemas técnicos debidos a la necesidad de circular en un anillo que impedían la buena lubricación de determinados componentes fueron seguidos de condiciones atmosféricas adversas, y pasó todo el tiempo que el fabricante había reservado para la consecución del reto. Pero el fracaso no parece entrar en el vocabulario de Christian. Cegado por la pasión y por la búsqueda de la excelencia el máximo responsable de Koenigsegg llegó a un acuerdo para intentar alcanzar su objetivo en una ventana de tiempo de una hora escasa… el tiempo suficiente para lograr su objetivo y presentarse ante la prensa de todo el mundo como el fabricante del coche de producción más rápido del mundo. La unidad que consiguió el récord ni siquiera tuvo tiempo de ser limpiada y pasó de la pista a la exposición del Salón del Automóvil de Ginebra en las mismas condiciones con las que logró entrar en la leyenda por méritos propios; sucio, rodando, en el último momento… pero triunfal.

 

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